viernes 4 de marzo de 2011

Fuerteventura

Si pudiera morir dos veces, y siendo Lanzarote el lugar que he elegido para convertirme en ceniza, la segunda opción sería Fuerteventura. Una isla que aprendí a amar a través de los ojos y del corazón de una mujer y su familia. Fue una relación situada en dos planos: el de los sentimientos y el de nuestra realidad social. Del primero guardo para mí, por íntimo, todo cuanto sentí junto a ella. Del segundo sí voy a hablarles. Hoy, al recordarlo, me parece muy surrealista. Pero es lo que hubo.

Mi primer recuerdo de Fuerteventura es un olor y una noche oscura. Regresábamos Agustín Acosta y yo, de vuelta de Corralejo, en el último Alisur en tarde tormentosa de invierno, o sea noche infernal. Todavía creo notar el intenso olor de petróleo metido más allá del entrecejo, pero por dentro. El empresario quería establecer allí la edición majorera de La Voz, y en tratos estaba. Había pensado en mí para implantarla. Y pese a ello todavía me pareció esa travesía mayor aventura que la de lanzarme a dirigir un semanario.

Supongo que habría sol cuando hice el trayecto a la inversa con la idea de montar el campamento vital, y profesional, en Puerto del Rosario. Atrás quedaba la radio en Lanzarote y por delante, un semanario en Fuerteventura. La dinámica de trabajo no iba a resultar complicada. De lunes a miércoles debía encargarme de diseñar la publicación y empezar a elaborar los textos que me correspondían. Reportajes de sociedad y entrevistas políticas con alcaldes, concejales, presidente y consejeros con los que no siempre había relaciones fluidas. El jueves venía un periodista de refuerzo, con el que trabajaba hasta el sábado, y ese día de regreso a Lanzarote a pasar el fin de semana. Hasta que un día ya no regresé.

Una noche de cena solitaria en un restaurante de Corralejo, donde solía perderme tras cada jornada, noté cómo en mi pecho estallaba un volador de esos de millones de chispas multicolores. Ella debió notar el estampido que yo creí silencioso, porque a no tardar juntamos nuestros destinos en uno solo. Y comenzó, para mí, un camino de felicidad… con ruido de fondo. Ella era únicamente una chica junto a otras chicas. Pero alguien de mi entorno me hizo notar que era la hija del Marqués. Nada extraordinario, por otra parte. Todos tenemos un padre. Pero el Marqués sí vio en mí a alguien más que a un pibe enamorado (de hecho no sé si alguna vez me vio así). A sus ojos yo solo era un periodista tratando de entrometerse en la vida de un político. En su vida. No en la de su hija.

Quiso el momento histórico (que variaba en función de las relaciones comerciales de mi empresa con los ayuntamientos) que Agustín Acosta y Domingo González Arroyo, el Marqués de La Oliva, atravesaran por aquellos años una de las travesías más turbulentas de su relación de amor-odio económico. Así que, en La Voz de Fuerteventura, el Marqués no vio un medio de comunicación, sino un arma en su contra y en mí, al guerrero portador de la ballesta que trataba de entrar en sus dominios en un hermoso Caballo de Troya, para más inri, su ojito derecho.

Y así fueron pasando días, semanas, meses, y años. Aquel hombre nunca llegó a abrirse del todo a mí. Ni siquiera cuando las relaciones con Agustín fueron a mejor y se derrumbaba como castillo de naipes la teoría del infiltrado. Tan a mejor fueron, que cuando me llegó la hora de regresar a Lanzarote terminada mi etapa en La Voz de Fuerteventura (por razones que quizá también cuente aquí), Domingo González Arroyo me negó su ayuda (le imploré por un puesto de trabajo, en su radio, que no me alejara de su hija) y me la negó para no enemistarse con Agustín Acosta. Al cabo de unos años fue él quien me ofreció dirigir una tele que acababa de montar, pero ya era tarde

El destino continuó imparable su rumbo y finalmente me ha llevado a donde hoy estoy. Lejos de Fuerteventura, pero igual de cerca de la felicidad. Gracias a Brígida, gracias a Claudia y gracias a Marieta, que cuidan de mi corazón.

[Próxima entrega: Aquella cena en Madrid]

El Club Siglo XXI, fundado por Paloma Segrelles, es prestigioso foro de encuentros y conferencias de intelectuales, economistas y políticos (y muy raras veces de todo eso junto), y tiene su sede en el Hotel Eurobuilding, en Madrid. Estamos en la primera mitad de los noventa y en los salones de tan importante plaza de encuentros y desencuentros, me dispongo a escuchar una conferencia.

2 comentarios:

  1. Gracias Jaime por refrescarme la memoria con lo de Alisur, no había vuelto a oír ese nombre desde hace mas de 20 años cuando por motivos laborales pasé una buena temporada en Fuerte y de la que también guardo un recuerdo inmejorable.

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  2. Se está quedando atrasadas las entregas diarias...

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