Cicciolina iba a actuar, como se ha dicho, en la por entonces muy de moda discoteca Wilson, con un Relaciones Públicas (Domingo, creo recordar que se llamaba) más que activo y sorprendiendo todos los fines de semana al personal. Yo no iba a ir aquella noche, algo muy raro en mí porque la Wilson, el Beach Club y, en menor medida, la Joker, eran mis bálsamos favoritos para hacer la digestión de la cena. Y cenaba casi todos los días, no crean. Total, que iba mucho por esos sitios, menos por la Joker, digo, donde me enseñaron que a veces es mejor ser amigo de los porteros más que del dueño.
No iba a ir, pero al final fui. Y cuento por qué. A media mañana del día en el que Cicciolina iba a actuar, llegó a Radio Lanzarote, y un tanto agobiado, un representante de la Wilson. Resulta que la estrella del porno tenía el montaje musical de su show en unos aparatos de grabación y reproducción llamados magnetofones, pero comúnmente conocidos como “Revox” que, siendo una marca, se impuso al nombre común de aquellos monumentales cacharros.
Y r
evox no tenía todo el mundo. Desde luego aquella discoteca no, con lo que le pidieron a Agustín Acosta si les prestaba uno. Y se lo prestó, pero con la condición de que yo lo llevara y lo devolviera, por si acaso, ya que el revox era fundamental en las emisoras para la radiación de cuñas, fundamentalmente, pero entre otras cosas.
En los ensayos, con ropa, Cicciolina me iba explicando cómo era el show y cuándo quería qué música y si alta o más suave. Yo ya me temía lo peor (o lo mejor) y mis sospechas se confirmaron cuando aquella señora empezó a colocar en la cabina de disc jockey de la Wilson (estaba a pie de pista) multitud de aparatos, de todas formas y diámetros, alguno incluso adosado a réplicas de determinado animal y que, naturalmente, constituían para ella lo que las mazas y los aros para los malabaristas. Aunque ciertamente a mí me hubiese resultado diícil adivinar si algo de aquello era maza de malabarista o instrumento de trabajo de la Cicciolina, si antes no me lo dicen.
Y llegada la madrugada empezó el espectáculo. Y qué espectáculo. Les ahorraré detalles, pues desconozco si me pueden cerrar este blog por utilizar según qué expresiones (cosa de no leerme la letra pequeña de los acuerdos y condiciones, eso que en Internet todos aceptamos marcando la casilla sin haberlo leído). Sólo les diré (y por eso recuerdo tanto aquella actuación) que mi papel no se limitó a poner música. Hice algo más. Ejercí de chica de malabarista. La que recoge las mazas y los aros cuando el artista extiende ambos brazos y da el saltito para recibir aplausos.
Solo que en ese caso, Cicciolina no extendía ambos brazos para recibir aplausos, sino que cerraba ambas piernas antes de pasarme sus instrumentos de trabajo para que los fuera devolviendo a la estantería junto a los vinilos. Y la gente aplaudía a rabiar: a ella, claro. Qué noche.
[Próxima entrega: El caso San Bartolomé I]
Un hombre llamado José Luis Brito fue un día alcalde de San Bartolomé. Uno de esos errores de la historia, tejemanejes de la política lanzaroteña o, simplemente, carencia de cultura democrática en partidos y, por qué no decirlo, en nosotros, los ciudadanos.
... qué gracia Jaime, no he parado de reírme mientras de leía!
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